
Por Jesús López Caramé
“¡Qué bonito está mi Cádiz cuando llega el carnaval!” dice una canción popular de la ciudad homónima. Para muchos gaditanos, febrero no es solo la salida de la cuesta de enero, sino el comienzo de otra tan hacia arriba como hacia abajo. Aunque siempre en dirección al teatro Falla. Pero no todo es bonito en el carnaval gadiano. Cada vez más, algo está dañando la fiesta.
El Carnaval en Cádiz comienza oficial y mediáticamente al mismo tiempo que el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavaleras (COAC). Pero la realidad es que la fiesta que espera fuera del Falla se parece cada vez menos a lo que ocurre dentro.
Durante semanas, las agrupaciones (chirigotas, comparsas, coros y cuartetos) suben al escenario del Gran Teatro Falla para destilar meses de ensayo, escritura y puesta en escena. El COAC es literatura popular en estado puro: versos compuestos para ser cantados desde la crítica política y social pero con la intención de hacer reír. Dentro del Falla, el Carnaval es un ejercicio colectivo de ingenio, libertad y crítica.
A pocos metros del teatro, la cosa cambia. La plaza de la Catedral, la calle Compañía, el Campo del Sur, las inmediaciones de Puertas de Tierra… Cada sábado de Carnaval, el casco histórico de Cádiz se transforma en una macrobotellona al aire libre.
Miles de visitantes, muchos de ellos llegados en autobuses organizados desde toda Andalucía y otras comunidades, desembarcan con el objetivo de beber barato, hacerse fotos y volver a casa a la madrugada siguiente sin haber escuchado un solo pasodoble. Viajes exprés donde el reclamo no es el Carnaval sino las botellas de alcohol incluidas en el precio del billete y poder decir “Yo estuve en el Carnaval de Cádiz”.

Las medidas institucionales
No es una percepción subjetiva de vecinos nostálgicos. En enero de 2025, el pleno del Ayuntamiento de Cádiz aprobó por unanimidad una declaración institucional contra la organización de estos viajes. Los tres grupos coincidieron en que estas prácticas “desvirtúan el verdadero sentido de la fiesta” y pidieron a las empresas de transporte que rompieran acuerdos con los organizadores.
La propia web institucional del Ayuntamiento lleva desde 2025 un mensaje en su portada de Carnaval que no deja mucho margen a la interpretación: “El Carnaval de Cádiz no es un macrobotellón. Tenemos coplas, tablaos, disfraces, humor, sentimiento, alegría y mucho más. Todo esto te lo damos gratis. No nos pagues con suciedad, botellas por el suelo, orines, violencia... Respeta nuestra fiesta”.
Las medidas para 2025 fueron ambiciosas en la intención: una Zona Joven de 7.000 metros cuadrados en el muelle Reina Victoria del puerto, con escenario de DJ y acceso libre para canalizar el botellón lejos del centro histórico. La finalización de todos los conciertos no carnavalescos en la plaza de San Antonio a las doce y media de la noche, para devolver el protagonismo a las coplas. Distribución de 3.000 pulseras detectoras de sustancias contra la sumisión química y 5.000 folletos informativos. Tres puntos violeta con profesionales especializados en atención a víctimas de violencia sexual, operativos de 13 a 21 horas los sábados. Vallas alrededor de la Catedral.
El boca a boca de los vecinos
“Vivo en una bocacalle de la Plaza Candelaria y cada sábado de Carnaval pienso en irme de mi propia casa», cuenta Inmaculada, vecina del casco antiguo que duerme cada Carnaval al lado de un escenario de espectáculos. “Lo peor no es el ruido, que también. Lo peor es la sensación que deja ver los meados en el portal, los cristales por toda la acera, los gritos hasta las tantas... Y si bajas a decir algo te miran como si la mala fueras tú.
Esto no tiene nada que ver con el Carnaval que yo conocí de pequeña, eso sí era Carnaval de verdad”. Antonio, vecino del barrio del Pópulo, lo resume con menos diplomacia: “Vienen a emborracharse. Ni saben qué es una chirigota ni les importa. Esto para ellos es Magaluf con pasodobles de fondo. Luego se van y nos dejan la ciudad hecha un asco hasta final de mes”.
Las declaraciones de Inmaculada y Antonio podrían multiplicarse por cientos. Pero el conflicto que describen va más allá de las molestias vecinales. Bajo las litronas hay una tensión antropológica que afecta al significado mismo de lo que significa viajar a un lugar con tradiciones propias.
El turismo de borrachera no es un fenómeno exclusivo de Cádiz. Magaluf, Benidorm, Lloret de Mar, Salou, Ibiza llevan décadas sufriéndolo en su versión estival, pero tiene aquí una dimensión particular: no degrada un destino de sol y playa, degrada la calidad de vida de los locales.

Antecedentes históricos
El Carnaval de Cádiz, declarado Fiesta de Interés Turístico Internacional en 1980 y reconocido como Bien de Interés Cultural, no es una fiesta que surja de la nada cada febrero. Sus raíces se remontan al siglo XVI, cuando los comerciantes genoveses asentados en la bahía trajeron consigo las tradiciones festivas venecianas.
Desde entonces, el Carnaval ha funcionado como termómetro político y social de la ciudad: una válvula de escape donde el pueblo podía decir cantando lo que no podía decir hablando.
En 1937, las autoridades franquistas prohibieron el Carnaval. Lo consideraba subversivo, peligroso, un foco de disidencia disfrazada de gracia. La fiesta pasó a la clandestinidad: se cantaba en peñas, en patios de vecinos, en reuniones privadas donde los gaditanos mantenían viva la llama a escondidas.
Hacia 1950, las autoridades autorizaron una versión domesticada (las Fiestas Típicas Gaditanas), celebradas en mayo y despojadas de toda mordacidad. Un carnaval descafeinado donde la censura seguía tachando versos. Pero incluso esa concesión sirvió para que la tradición no se rompiera del todo: las nuevas generaciones crecieron con alguna forma de copla, aunque fuera amordazada.
Tras la muerte de Franco, el Carnaval democrático recuperó la libertad de expresión como elemento constitutivo de la fiesta. Las agrupaciones volvieron a decir lo que querían. La crítica social y política dejó de ser un riesgo para convertirse en el alma del concurso.
Los pasodobles no se limitaban a hacer reír: denunciaban, emocionaban, sacudían... El Carnaval de Cádiz se convirtió, más que nunca, en un acto de identidad colectiva. Esa trayectoria de resistencia cultural es lo que hace particularmente dolorosa la degradación actual para la mayoría de vecinos que vivieron eso.
El Ministerio de Cultura, en su Portal del Patrimonio Cultural Inmaterial de España, define el Carnaval gaditano como una “toma simbólica del espacio urbano a través de un ritual festivo de hondo calado vivencial e identitario” con “profundos anclajes históricos y un vivo y sólido protagonismo ciudadano”.
Esa toma simbólica se vuelve dolorosamente certera cuando decenas de miles de personas saturan un centro histórico pensado para quince mil habitantes. Las aglomeraciones en las calles estrechas del casco antiguo impiden escuchar a las agrupaciones callejeras (las “ilegales”, los romanceros, las callejeras que cantan donde les cuadra y que son, para muchos gaditanos, el verdadero Carnaval).
El suelo de las plazas amanece cubierto de basura. Los comercios del centro suben persianas metálicas para proteger escaparates. Los vecinos no pueden entrar o salir de sus casas con normalidad.
La concejala de Fiestas de Cádiz, Beatriz Gandullo, formuló una frase que revela la tensión irresuelta entre hospitalidad y supervivencia: “Queremos dejar claro que Cádiz es una ciudad abierta y que estamos encantados de que la gente venga a vivir el Carnaval, pero queremos poner el foco en las coplas y no en el botellón, y que la gente venga con respeto y en convivencia con los vecinos”. Es la declaración de intenciones de quien sabe que depende económicamente de lo que le está haciendo daño. Cádiz necesita que vengan.
Escribir comentario