OPINIÓN: Caminos de tiempo

©Foto: Emilio Castro
©Foto: Emilio Castro

 

Por Emilio Castro

 

Miro por la ventana, el mundo corre en paralelo, desde mi butaca de primera veo los cambios, a veces imperceptibles, otros rotundos, siempre definitivos. El paisaje se mueve entre la postal bucólica, la sorpresa y la tediosa reiteración. Pienso en los millones de personas que viajan a gran velocidad por el mundo en este momento mirando por una ventanilla, pegados a la corteza terrestre sin advertir su curvatura, adheridos al mundo por la fuerza de la gravedad

 

El corazón de la Tierra es un núcleo de metal incandescente que late en las profundidades, marcando el ritmo de todo lo vivo. Las ruedas del tren chirrían contra los raíles, metal contra metal, piel contra piel, el “clum clum, clum clum, clum clum”,es el diapasón que marca el tiempo y su inexorable paso.

 

Pienso en Einstein y en el tiempo relativo, no sé si envejezco mientras todo sigue inalterable o soy yo el que no se inmuta ante los cambios de un mundo que lleva agonizando desde que surgió del fuego. No sé si un minuto en mi asiento de clase turista equivale a un nanosegundo o a un milenio al otro lado. Apoyo la cabeza en el cristal protector, me siento como en una pecera con aire climatizado. Como un pez tropical, soy observado por un rebaño de ovejas que pasta aburridamente. Tengo la sensación de que alguna de las dos cosas es inventada, o las ovejas o yo. O la quietud o el movimiento.

 

Pequeñas estaciones viejas semi-abandonadas se suceden en mitad del campo. Hubo un tiempo en el que viajar era cosa de ricos en primera clase y de emigrantes en tercera. La ilusión se leía en las caras de miles de muchachos expulsados de su casa por necesidad. Los caciques miraban cómo emigraba “su mano de obra”. Los raíles son como arterias que riegan con gente las ciudades exitosas y venas que devuelven al fracaso a los inadaptados al hormigón.

 

Los trenes llevan minerales arrancados a la tierra, vacas al matadero, soldados al frente, cadáveres desde el frente, dictadores a Hendaya, poetas al exilio, cuadros salvados de la quema, judíos al crematorio, la tentación en lingotes de oro para Jesse James, colonos a Oregón, indios a la reserva, disidentes a los gulag a Siberia, contenedores chinos a Europa, estudiantes de Erasmus a Róterdam, jubilados que nunca han visto el mar a la montaña, andaluces a Cataluña, enfermos a Lourdes. Lo inflable y lo infantil, lo inflamable y lo infumable, lo infame y lo inefable, todo se mueve traqueteante por el mapa del tiempo y el espacio sobre brillantes railes.

 

Ahora, los asientos son cómodos y el viaje corto, llegaremos pronto al destino, a una estación impersonal, impoluta y fría, una especie de centro comercial con andenes. Qué distintas eran las viejas estaciones urbanas, erigidas como templos a la revolución industrial de occidente. Enormes catedrales como Atocha, la estación de Francia, Abando, Plaza de Armas, Sao Bento, Bombay Central, Austerlitz, Grand Central Station… Los muros de Canfranc cuentan historias de espías, exiliados y contrabandistas, pero sobre todo de supervivientes. Entre nubes aparecían, como espectros fascinantes, locomotoras arrastrando largos coches de pasajeros, vapor y fuego rodando a la orden del silbato.

 

“¡Pasajeros al treeen!”...

 

Eran mágicos como dragones alados los humeantes trenes alimentados con carbón. Veo a Agatha Christie en el elegante restaurante del Orient Express, viajando a París desde Estambul. La novela se vuelve muy negra en el universo cerrado de un tren que viaja de noche con Arthur Conan Doyle, Georges Simenon o Edgar Wallace. Mientras dos extraños, Patricia Higsmith y Alfred Hitchcock, intercambian sus víctimas en el Transiberiano. Marilyn Monroe toca el ukelele con Glenn Miller acompañados de Jack Lemmon y Toni Curtis travestidos, camino de Chattanooga. Paul Newman hace trampas al póker en el expreso de Chicago.

 

Hoy, más allá de la ensoñación, entre oscuros túneles y puentes imposibles, lo único inalterable son los holas y los adioses. Siempre permanecerán las alegres despedidas y los tristes reencuentros, las lágrimas, los abrazos fuertes, los no me olvides, los te quiero y las dos monjas de clausura, obligatorias por ley en cada tren. Los quintos, camino del cuartel, hace tiempo que desaparecieron.

 

Los caminos de hierro, como el tiempo, se cruzan y entrecruzan una y mil veces clavados a la tierra. Quiero viajar a lugares que ni siquiera existen o que tan sólo lo hacen en mi imaginación. Lo importante no es el destino, sino el trayecto, que es la vida en sí, vista a través de una ventanilla en la que todo cambia y todo permanece. Estoy quieto, aun así siento moverse la tierra bajo mis pies.

 

Yo busco mi camino, me llevará al fracaso o a la gloria, pero no puedo salirme de la vía en la que me puso el destino.

 

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