INFORMACIÓN: Mujeres viajeras, reivindicando su papel en la historia

Lady Mary Montagu (1689-1762), escritora y viajera británica de la que destacan su correspondencia sobre el Imperio otomano. Por Wikimedia Commons
Lady Mary Montagu (1689-1762), escritora y viajera británica de la que destacan su correspondencia sobre el Imperio otomano. Por Wikimedia Commons

Por María Sánchez Mellado

 

A lo largo de la historia numerosas han sido las mujeres que, superando los límites del espacio privado al que estaban sometidas, emprendieron viajes sorprendentes y los recogieron en libros o periódicos. Hoy, en el Día Internacional de la Mujer, destacamos el papel de las mujeres viajeras como Colombine, Emilia Serrano García, Eva Canel, Sofía Casanova… cuyos trabajos, igual de valiosos que el de sus compañeros masculinos, han sido tristemente omitidos por ser el trabajo de mujeres.

Manu Leguineche escribió en el prólogo de Mujeres Intrépidas y Aventureras que las mujeres «salen, se rebelan, viven, buscan la libertad y rompen los clichés. En la Edad Media son todas santas, brujas o putas, en la era Victoriana sumisas amas de casa. Las hay, sin embargo, que pegan una patada al hormiguero decididas a correr mundo por las más diversas razones, místicas o religiosas, personales, filosóficas, amorosas, hedonistas, de curiosidad o de fuga de un mundo hostil o tedioso. Partir es vivir». Y a esa vida se han sumado a lo largo de la historia incontables mujeres.

 

Pero sus hazañas, que habrían sido grandemente publicitadas en el caso de ser masculinas, han pasado y siguen pasando desapercibidas. Esto es así porque la historia está escrita por hombres. Si cualquiera quiere buscar libros de viajes en seguida aparece una gran lista de libros escritos por hombres, como excepción se añade uno o dos libros escritos por mujeres. Lo que no tiene nada que ver con la realidad. De hecho, si añadimos a la búsqueda la palabra “mujeres” nos aparecen una gran cantidad de libros de viajes escritos por mujeres que nos demuestra lo parcial e injusta que es la sociedad. Y como muestra de ello, un botón: al pensar en los primeros libros de viajes en cualquier lista aparecerían los libros de La Eneida, La Odisea, o El Libro de las Maravillas de Marco Polo. Sin embargo, Cristina Morató nos recuerda en su libro Mujeres Intrépidas y Aventureras que el primer libro de viajes en español lo escribió Egeria (La Peregrinación de Santa Silvia a los Santos Lugares), en el año 385, es decir, mil años antes que el libro de Marco Polo.

 

Y no solo se les niega su reconocimiento en la actualidad. Desde que las mujeres empezaron a introducirse en el mundo de los viajes tuvieron que hacerlo a expensas de una sociedad que las obligaba, por su género, a desempeñar unas funciones: casarse, tener hijos, agradar al marido. Por fortuna, algunas mujeres quisieron y pudieron revelarse. Los nombres son muchos: Beatrice Ethel Grimshaw, Lady Mary Montagu, Alexandra David Néel, Gertrude Bell, Jean Dieulafoy, Isabella Bird, May Sheldon, Freya Stark, Nellie Bly, Annie Londonberry, Ida Pfeiffer, Annemarie Schwarzenbach, Martha Gellhorn, Constance Gordon-Cumming, Amelia Earhart… por nombrar solo unas pocas.

 

Muchas de estas mujeres tuvieron que luchar contra estigmas sociales. Emprendieron un modo de vida para ser libres, conocer mundo y vivir. Pero esto no quiere decir que sus trabajos fueran aceptados por toda la comunidad. En muchas ocasiones serían tachadas de excéntricas, se dudaría de su honradez (por ejemplo, Mary Montagu, famosa por sus cartas escritas en Turquía dirigida a sus amigos ingleses, fue tachada por el poeta Alexandre Pope de infiel a su marido) y sus trabajos no serían reconocidos de la misma manera que lo hacían los trabajos hechos por viajeros masculinos.

 

El político conservador, viajero y miembro de la Real Sociedad Geográfica de Londres, George Curzon (1859-1925), llegó a decir sobre las mujeres viajeras que «su sexo y su entendimiento las hacen ineptas para la exploración y este tipo de trotamundos femeninos es uno de los mayores horrores de este fin de siglo XIX». Un editor de guías de viajes añadía que «una dama no debería jamás desplazarse sin acompañante a un lugar recóndito». Un periodista de The Times escribía en 1892 que «las mujeres comienzan a ser una plaga en los viajes y las exploraciones difícil de combatir». La razón de que dijera tal cosa: que Isabella Bird se acababa de convertir en la primera mujer admitida como miembro de la Real Sociedad Geográfica de Londres. La lógica era clara como explicaba la revista satírica Punch: «¿Una lady exploradora? ¿Un viajero con faldas? La sola idea resulta una trivialidad demasiado ilusoria. Dejémoslas en casa cuidando de los niños o remendando nuestras viejas camisas. ¡Ellas no deben, no pueden ser geógrafas!».

 

Carmen de Burgos, Colombine, (1867-1932) primera corresponsal de guerra en España. Por Mundo Gráfico, nº 95, 20-08-1913
Carmen de Burgos, Colombine, (1867-1932) primera corresponsal de guerra en España. Por Mundo Gráfico, nº 95, 20-08-1913

Muchas veces eran los propios familiares y amigos los que intentaban que la mujer no ejerciera tal profesión. Ida Pfeiffer, quien dio dos veces la vuelta al mundo sola, explicaba la incomodidad que en sus allegados ocasionaban sus viajes: «mis amigos intentaron en vano disuadirme de mi propósito dibujando con los colores más realistas las dificultades que esperaban en aquellas regiones cuestionando si tendría la fortaleza física y mental para afrontar los peligros, las enfermedades, el clima, el ataque de los insectos o la mala alimentación, etc. El hecho de que una mujer pudiera aventurarse a solas y sin protección a recorrer el mundo, cruzando mares y montañas, era considerado absurdo».

 

En España también destacan grandes nombres de mujeres viajeras que intentaron romper el techo de cristal. Periodistas como la almeriense Carmen de Burgos, Colombine –primera corresponsal de guerra en España, gran defensora de los valores humanos y precursora en la reivindicación de los derechos de la mujer– quien dirigió una carta autobiográfica a Ramón Gómez de la Serna para publicarla en la revista Prometeo en la que decía que «muchas veces envidié las vidas sencillas que llevan trazado el camino, pero me duró poco. Hoy me gusta lo impensado, lo incierto; me atrae lo desconocido; el encanto del libro que no se ha leído y de la partitura que no se escuchó jamás. No comprendo la existencia de personas que se levantan todos los días a la misma hora y comen cocido en el mismo sitio. Si yo fuera rica no tendría casa. Tendría una maleta y a viajar siempre».

 

O Emilia Serrano García, otra gran periodista de Granada que fundó periódicos tanto en España como en América Latina y a quien Colombine dedicó estas palabras: «su labor no ha sido la del geógrafo o historiador teórico, que sólo se inspira en los escritos de otro autores. Ella ha viajado por toda América, desde el Canadá hasta la Patagonia, durante treinta años. Ha realizado peligrosos viajes, como el de remontar la corriente del Plata y hacer las ascensiones de los ásperos flancos del Tandil, del Aconcagua, el Misti, el Chimborazo, etc., hasta llegar al Orizaba y al Jarullo, habiendo contemplado antes el ímpetu con que se precipitaba en los abismos el Tequendama, en las planicies de los Andes. Ninguna mujer ha realizado jamás tan penosos trabajos ni abarcado empresa de tal magnitud. Por menos se han aplaudido viajes de francesas e inglesas, celebrando su esfuerzo en todos los tonos. Y estos viajes no han sido de turista; han sido de mujer estudiosa, laboriosa, que ha trabajado incansable».

 

Las gallegas Sofía Casanova, corresponsal de ABC durante la revolución rusa, así como de las dos Guerras Mundiales, o Emilia Pardo Bazán quien viajó por Europa y fue la primera mujer en entrar en la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid y en ocupar una cátedra de Literatura en la Universidad Central de Madrid; o la asturiana Eva Canel, compañera de trabajo de Serrano García y quien también viajó por Suramérica; o Mercedes Sáenz-Alonso Gorostiza, o Aurora Bertrana… Son muchos los ejemplos de mujeres viajeras. Periodistas que no es que hicieran un trabajo distinto al de sus compañeros masculinos, sino que hicieron el mismo: viajar y escribir. Solo que tuvieron que superar las barreras de una sociedad machista. Unas barreras que, en la actualidad, siguen marcando el trabajo de las periodistas de viajes y que hay que derribar. Y como paso para ello está la reivindicación del papel de nuestras compañeras de profesión anteriores. Siempre se ha dicho que hay que conocer la historia para no cometer los mismos errores en el futuro. Por ello, si silenciamos y negamos el papel que las mujeres tuvieron en el pasado, seguiremos cometiendo siempre ese error.

 

Para saber más:

 

Morató, Cristina (2007), Viajeras Intrépidas Y Aventureras. Plaza & Janes Editores.

Hodgson, Barbara (2006), Señoras sin fronteras. Lumen.

 

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