INFORMACIÓN: Djerba, corazón blanco de Túnez

Mezquita de El Ghorba. © Francisco Ortiz
Mezquita de El Ghorba. © Francisco Ortiz

Por Francisco Ortiz

 

A vista de pájaro, en Djerba, el viajero contempla un paisaje inédito: decenas de copos de nieve sobre el verde de las palmeras datileras y los olivos. Y es que la isla, en mitad del Mediterráneo, está cuajada de blancas mezquitas rurales, mínimas, níveas. Túnez, siempre sugerente, es el lugar donde se funden el azul cielo del mar y el silencio del desierto. Desde siempre la antigua Ifriqiyya ha fascinado a los pueblos, y en el caso de Djerba sus ocupantes han sido númidas, púnicos, griegos, árabes, turcos, bizantinos, judíos, españoles, malteses y franceses.

 

Para poder conocer mejor el país conviene saltarse la capital, demasiado europea. El Sur contiene una singularidad, una espiritualidad que espera ser descubierta. Por suerte hay vuelos directos de Madrid a Túnez, y de Túnez a la isla de Djerba. Situada en medio del Mar Mediterráneo, la pequeña isla tiene las dimensiones de Ibiza. El viajero puede ver desde el avión un paisaje que recuerda a un Belén: decenas de copos de nieve posados sobre el verde de las palmeras y los olivos. Esos copos son las blancas mezquitas rurales y mínimas que cuajan Djerba.

 

Las formas insólitas de estas mezquitas, más que reales, soñadas, responden a una sensibilidad única. Es la de los ibadíes, una comunidad espiritual que mantine sus valores. Considerados malos musulmanes por la Umma y sometidos a las pruebas de una vida durísima, marginados por los sunnitas, son un ejemplo de coherencia, de lucha, en un mundo hostil.

 

La capital yerbiana, Houmt Souk, es como su nombre indica, un conjunto de zocos. Luego de visitarla lo mejor es acercarse a conocer la más visitada mezquita de la isla, la Jemaa Fadhloun. Se sitúa a las afueras de Midún, la segunda localidad en importancia de Djerba, y destaca por sus blancas cúpulas. Desde el blanco patio se pueden admirar los contrafuertes, que apoyan los gruesos muros de la mezquita, y el minarete, cúbico y recio. La sala de oraciones es pequeña y se apoya en cuatro columnas. La arquitectura es pura simplicidad, y sus muros están despojados de toda decoración. Nos encontramos ante la adustez ibadí.

 

A unos pocos kilómetros más adelante se encuentra la localidad de Mahboubine, famosa por su palmeral y sus menzel o granjas, un tipo de construcción que sólo se da en Djerba. El conjunto de almacén, pozo y vivienda fortaleza responde a su visión propia de vivir en estado de Kitmane, en el refugio del silencio.

 

La religiosidad popular yerbiana encuentra que lo mejor es pasar el día en la zawiya o morabito de Sidi Satouri. Situada en el camino de Mahboubine a Sedouikech, debe su nombre a un wali, un campesino pobre que tuvo un encuentro con seres espirituales. Al menos eso dice la leyenda. Al llegar a la zawiya, uno se puede encontrar con varias familias festejando.

 

Los hombres sacrifican un chivo mientras las mujeres preparan un alcuzcuz, y los niños juegan a fútbol. Algunas jóvenes se acercan a rezar al tourbet donde reposan los restos del santón o wali Sidi Salem Satouri. Se descalzan sus bellos pies y hacen dúa, es decir, peticiones. En el amplio patio blanco se toma un te verde mientras los ojos se deleitan con la vista de las cúpulas encaladas.

 

Las zawiyas o mausoleos se encuentran en gran número en toda la isla. Algunas, junto a la costa, han tenido en el pasado la función de vigilancia, como puestos de control. Es el caso de Sidi Jmour, en la costa oeste de la isla. No queda lejos del aeropuerto. De igual modo numerosas mezquitas se fortificaron y convirtieron en torres defensivas, refugio de la población yerbiana. Hoy en día Sidi Jemur es una playa familiar ideal para pasar el día sin agobios.

 

Sin duda alguna, la zawiya número uno de Djerba es Sidi Brahim el Jomni. Situada en Houmt Souk, junto a los zocos, fue construida en 1674. Alberga los restos del wali Sidi Ibrahim El Jomni, el hombre que radicalizó el sunnismo malekita en la isla. Se trata de un complejo de edificios que incluye mezquita, mausoleo, madrasa, cementerio y haman, todavía en uso.

 

©Francisco Ortiz
©Francisco Ortiz

Alarifes del desierto

 

Aunque resultaría largo de contar en un artículo, lo cierto es que la llegada del Islam a la Ifriqiyya tunecina y a la isla de Djerba marcó un punto crucial en su historia. En el 668 d.C. los árabes musulmanes introdujeron el islam de la mano de Roueifa ibn Thabet al Ansari, que procedía de Tripoli. Aunque no se sabe gran cosa sobre cómo reaccionó la población yerbiana, sí se puede afirmar que casi toda la población se había convertido al islam en el segundo siglo de la Hégira, siguiendo aquí a Foued Rais, autor de “Si Djerba m’était contée” (2010).

 

La adopción del culto ibadita se dio en el seno de los grupos bereberes o amazigh luego de la época de los Omeyas. El nombre ibadita o ibadí deriva del árabe Ibadiyya, que identifica una secta musulmana considerada herética, una rama de los Jariyíes (ni chiíes ni suníes) fundada por Abdallah ibn Ibad, que vivió en el siglo VII d.C.

 

Los ibaditas, rebeldes al poder Omeya por su doctrina igualitaria, huyeron de Basora y Bagdad, conquistaron Omán y, atravesando el Mediterráneo huyeron al Sahara, donde fundaron algunos pequeños estados en Africa del Norte: Sigilmasa, Tahart, Sedrata y otros estados menores.

 

Las mezquitas ibaditas de Yerba han cristalizado en formas nada ortodoxas, poliédricas, como rosas del desierto sahariano. La belleza de las formas responde a una concepción de la vida religiosa. Las aljamas son adustas, humildes, sencillas. Los arcos tienen la altura justa de un hombre, las bovedillas se suceden en hileras paralelas al muro de la quibla, las columnas son rugosas y sobrias, recias. No hay detalles superfluos ni decoración que distraiga. El revoque de los muros se hace a mano, rasando de blanco y añil los rincones enjalbegados. Nadie como Juan Goytisolo ha sabido describir al mundo ibadí en su programa “Ascetas del desierto” de la serie Alquibla (1988). El urbanismo, según el autor de Makbara, responde a la perfección al fervor ritual, a la idea de una suerte de panal donde se iguala la vida y la muerte.

 

Se conoce a Djerba como la isla de las cien mezquitas pero en realidad hay muchas más. Entre ellas debemos mencionar la mezquita subterránea de Louta, en Sedouikech. En Houmt Souk destacan la Turuk o de los turcos, la Ghorba y la Sheij. Pero sin duda una d las más bellas es la Jemaa El Moghzel, en Beni Maaguel. Sola y plantada en medio del olivar yerbiano, su forma triangular, sus rústicos merlones, su minarete con ventanas al estilo de Gaudí, desafiante y pura de formas, nos da la clave del secreto ibadí. Es la pobreza de materiales, el ir a lo esencial, la parvedad, la limpieza absoluta, el rechazo de la ostentación.

 

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