INFORMACIÓN: La Sevilla de don Juan Tenorio

Estatua de don Juan Tenorio en la Plaza de los Refinadores. ©María Sánchez Mellado
Estatua de don Juan Tenorio en la Plaza de los Refinadores. ©María Sánchez Mellado

Por María Sánchez Mellado

 

Un mes: noviembre; una ciudad: Sevilla; y un personaje: don Juan Tenorio, cuyo mito literario revive cada año aumentándolo hasta convertirse en símbolo de la ciudad. Una ciudad que está «ligada a la leyenda de Don Juan», en palabras de H. C. Andersen. Las escuelas de teatro comienzan a ensayar, las calles se llenan de carteles que anuncian las representaciones, agujas que rematan trajes y grandes compañías teatrales representando la obra de Zorrilla publicada en 1844. Noviembre y Sevilla son sinónimos de don Juan Tenorio. Toda historia se desarrolla en un tiempo, con unos personajes, y más que en un lugar -la ciudad de Sevilla- la obra destaca por sus lugares, los sitios en los que se desarrollan las acciones, la mayoría de ellos situados en el Barrio Santa Cruz.

 

Allí, concretamente en la Plaza de los Refinadores, se encuentra una estatua de don Juan Tenorio, aquel hombre que nada respetaba y cuyas viles fechorías acabaron pasándole factura. Vestido con ropajes propios de la época y con una pose altiva y orgullosa, esta estatua de don Juan, como hicieran la estatua de don Gonzalo de Ulloa o la sombre de doña Inés en la segunda parte de la obra de Zorrilla, acaba cobrando vida propia cada mes de noviembre para recorrer las calles de Sevilla. Unas calles que, entre Zorrilla y el imaginario popular, han quedado inmortalizadas y unidas para siempre a la leyenda de aquel burlador. Y es que, pocos son los sitios que con certeza se conocen que pudieron inspirar aquella historia. Más bien es la leyenda popular la que ha relacionado ciertas lugares y ciertas personas con sitios reales.

 

Todo comienza en el año 1545 cuando un don Juan Tenorio, inspirado en el don Juan de Tirso de Molina (El Burlador de Sevilla), escondido tras un antifaz, llega una noche de carnaval a la Hostería del Laurel para resolver la apuesta con don Luis Mejía para ver quién de los dos había provocado más maldad en un año. En la Plaza de los Venerables, sigue aquella taberna que en la obra era propiedad de Buttarelli, y que hoy en día recuerda en cada una de sus paredes el mito de aquel vil hombre. En esa Plaza también se encuentra el Hospital de los Venerables Sacerdotes, hoy espacio cultural en el que destaca la figura del pintor español Diego Velázquez.

 

En la taberna quedan, ambos con espíritu triunfador, para comprobar el ganador. Un don Juan vanidoso, le dice a don Luis: «Por doquiera que voy va el escándalo conmigo. (…) Por dondequiera que fui, la razón atropellé,  la virtud escarnecí, a la justicia burlé y a las mujeres vendí. Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, yo los claustros escalé, y en todas partes dejé memoria amarga de mí». Estas palabras no arrollaron a don Luis quien le responde: «En medio año que mi presencia gozó París, no hubo lance extraño, ni hubo escándalo ni daño donde no me hallara yo. (…) Y cual vos, por donde fui la razón atropellé, la virtud escarnecí, a la justicia burlé, y a las mujeres vendí». Y aunque los dos se veían victoriosos, los cálculos dieron un ganador: Tenorio, quien mató a nueve hombres más que don Luis y conquistó a 16 mujeres más que su oponente. Pero don Luis no se da por vencido y le propone una conquista más: una novicia que esté a punto de profesar. En seguida Juan Tenorio piensa en una: doña Inés, su prometida; y no solo acepta la apuesta, sino que, además, propone añadir la dama de algún amigo, ¿cuál?: doña Ana Pantoja, la prometida de don Luis. Al cambio: la vida.

 

Plaza de Doña Elvira. ©María Sánchez Mellado
Plaza de Doña Elvira. ©María Sánchez Mellado

Sin embargo, el truhán Tenorio no cuenta con que en dicha Hostería también se encontraba don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Inés, cuya casa se encontraba ubicada en la actual Plaza de Doña Elvira, un antiguo Corral de Comedias, y que hoy día está rodeado de naranjos y en la que puede leerse una placa con las siguientes palabras: «Dice la tradición que en este lugar, antiguo corral de comedias de doña Elvira, tuvo su sede la casa solariega del comendador de Calatrava, don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Inés y que la pluma de don José Zorrilla, haciéndose eco de la leyenda, dio vida a la universal obra de Don Juan Tenorio» Don Gonzalo, al enterarse en la Hostería de los planes de su futuro yerno y de su actitud, decide romper el compromiso, además de ir al Convento de su hija para ver cómo se encontraba.

 

Pero antes, don Juan Tenorio lleva a cabo sus planes. Para ello en primer lugar se dirige a casa de doña Ana Pantoja –a quien don Luis ya había prevenido– para conquistarla. Dicha casa se sitúa en la Plaza de la Alianza, más abierta que las plazas anteriores, con una fuente en el centro y rodeada por una antigua muralla.  Allí Tenorio se encuentra con Mejías, pero gracias a unos amigos el primero consigue encerrar al segundo teniendo, por tanto, vía libre para cometer sus fechorías. En segundo lugar, Tenorio se dirige al convento en el que está doña Inés de Ulloa. Se desconoce cuál es el convento en el que pudo estar doña Inés. Dado que su padre, don Gonzalo de Ulloa, era comendador de la orden de Calatrava, se piensa que doña Inés estuvo en el Monasterio de San Benito de Calatrava, ubicado en la calle Calatrava, hoy convertido en parte de un colegio. Sin embargo, este era un monasterio masculino por lo que esta posibilidad no es posible. La tradición popular, por otro lado, cree que el rapto tiene lugar en la plaza de Santa Marta, cercana al convento de la Encarnación y antiguo hospital, a la que se accede por una estrecha y sinuosa calle que desemboca en esta plaza sin salida y que contrasta, con su calma, con la transitada plaza Virgen de los Reyes en la que los turistas disfrutan fotografiando la Catedral. Pero de nuevo es difícil  que este fuera el sitio ya que las monjas de dicho convento no llegaron a este lugar hasta el s. XIX.

 

Plaza de Santa Marta. ©María Sánchez Mellado
Plaza de Santa Marta. ©María Sánchez Mellado

Doña Inés de Ulloa era una joven de diecisiete años que había pasado todos los días de su vida entre las paredes del convento como una «garza enjaulada». Sin embargo, gracias a su sirvienta Brígida, quien está compinchada con Tenorio, la joven consigue saber de su futuro marido y acabar enamorándose de él sin haberlo visto nunca. Gracias a Brígida, Tenorio consigue entrar en el convento y cuando Inés lo ve, esta no puede aguantar tanta emoción y se acaba desmayando, momento que aprovecha don Juan para raptarla y llevársela a su casa, a orillas de Guadalquivir a una legua de las murallas de la ciudad. Allí donde le dijo aquello de «¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor?».

 

Pero los planes no salen como Tenorio tenía pensado pues al rato de estar en su casa aparecen don Luis Mejías –que había conseguido liberarse del encierro– y don Gonzalo de Ulloa –que al llegar al Convento descubre que habían secuestrado a su hija– con el fin de vengarse. Tenorio se enfrenta a ellos, los mata y huye de Sevilla.

 

Años más tarde don Juan Tenorio decide volver a Sevilla. En una noche de verano va a la casa de su padre, don Diego, que posiblemente estuviera situada en la calle Justino de Neve, antigua Calle del Chorro, llamada así porque por ella pasaban las aguas desbordadas del Muro del Agua, y esquina de la Plaza de los Venerables. Allí, en aquella estrecha calle, una placa nos ilumina el pasado: «Dice el rumor popular que en este lugar del barrio, antigua calle del Chorro, nació un hidalgo sin nadie que le aventajase en juego, en lid o en amores que tocado por la gracia del amor murió y se redimió en Sevilla por Doña Inés y que la pluma de don José Zorrilla haciendo eco de la leyenda, dio vida en la universal obra de Don Juan Tenorio». Aunque también se defiende que la casa familiar pudo encontrarse en el actual Convento de San Leandro, donde en el siglo XIV existió una familia Tenorio en la que uno de sus miembros se llamaba Juan.

 

Don Diego, que ya había aparecido al principio de la obra en la Hostería del Laurel a donde fue para comprobar «el monstruo de liviandad a quien pude dar el ser», había decidido que a su muerte su casa fuera convertida en un Panteón para enterrar en él a aquellos que murieron por culpa de su hijo. De esta forma, cuando Tenorio entra en la casa de su padre se encuentra con las tumbas, adornadas con estatuas, de don Luis, don Gonzalo, Doña Inés y don Diego.

 

Estando allí se le aparece la sombra de doña Inés, quien le dice que siempre estará cuando la necesite. Juan se queda estupefacto, pero llegan unos antiguos amigos quienes lo sacan de ahí. Deciden irse a cenar, pero Tenorio con sorna decide invitar a Don Gonzalo de Ulloa, el más ofendido, según él, de los que estaban allí. Se van a cenar y en medio de la velada la estatua de don Gonzalo aparece y cita a don Juan en el panteón a donde irá a morir. Comienza entonces una trifulca con sus amigos quienes creen que Tenorio les ha envenenado pues no recuerdan nada de lo que él les dice. Por ello se enfrentan a un duelo, que tradicionalmente la leyenda popular ha ubicado en la antigua calle Génova, hoy Avenida de la Constitución, y en el que su amigo, el Capitán Centellas, le da muerte.

 

Tras eso, don Juan aparece en el cementerio arrepentido y reconociendo que su alma está perdida. Don Gonzalo, sin embargo, quiere llevarle al infierno, pero al pedir perdón, doña Inés y Juan se salvan. Este final diferencia con la obra de Tirso de Molina en la que don Gonzalo consigue llevar a los infiernos al burlador sin que se salve su alma.

 

Los recursos dramáticos a la muerte que Zorrilla emplea en la segunda parte de la obra han hecho que tradicionalmente se represente esta obra entre finales de octubre y principios de noviembre con motivo de los días de Todos los Santos y los Difuntos. Los espíritus de los muertos, las tumbas, nichos y lápidas del panteón familiar, los cipreses y la redención de Tenorio y posterior salvación de las almas de doña Inés y don Juan, relacionan esta obra con estos meses. De hecho, en el cementerio de San Fernando de Sevilla, se representa esta obra cada año.

 

Estatua de Miguel de Mañara en los jardines frente al Hospital de la Caridad. ©María Sánchez Mellado
Estatua de Miguel de Mañara en los jardines frente al Hospital de la Caridad. ©María Sánchez Mellado

Miguel de Mañara

 

A menudo se ha confundido la figura del cínico Juan Tenorio con la del religioso Miguel de Mañara, Caballero de la Orden de Calatrava, miembro de la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla que se reunía en la Capilla de San Jorge en el Arenal y fundador del Hospital de la Caridad. Esta idea ha sido difundida por numerosos escritores e investigadores hasta nuestros días –por ejemplo, Manuel y Antonio Machado escribieron una obra de teatro que juntaba ambos personajes titulada Juan de Mañara–convirtiéndose ya en otra leyenda más que acompaña a Tenorio.  

 

Miguel de Mañara nació en el Palacio, hoy conocido como Palacio de Mañara, situado en la calle Levíes. Descendiente de familia italiana que pronto encontró en la caridad un modo de vida, el mismo Mañara se dedicó a la vida religiosa, no sin antes haber tenido una vida licenciosa y soberbia. A su muerte fue enterrado en la Iglesia de la Santa Caridad con el llamativo epitafio de «aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo». Además, en su testamento se describía con las siguientes palabras: «Yo Don Miguel Mañara, ceniza y polvo, pecador desdichado, que los más de mis malogrados días ofendí a la majestad altísima de Dios mi padre, cuya criatura y esclavo vil me confieso, serví a Babilonia y al demonio su príncipe con mil abominaciones, soberbias, adulterios, juramentos, escándalos y latrocinios, cuyos pecados y maldades no tienen número y sólo la gran sabiduría de Dios puede numerarlos».

 

Con los años, como consecuencia de esa vida pecadora en su juventud y de su posterior conversión a una vida dedicada a los pobres y enfermos, se creó un imaginario popular que identificó en Miguel de Mañara al personaje Juan Tenorio. Pero las fechas no cuadran: Mañara nació en 1627, mientras que El Burlador de Sevilla, obra en la que se basa el personaje de Zorrilla, aparece hacia 1630.

 

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