INFORMACIÓN: Mateo Jiménez, el cicerone oficioso de la Alhambra

La Alhambra. ©María Sánchez Mellado
La Alhambra. ©María Sánchez Mellado

Por María Sánchez Mellado

 

La Alhambra, cuenta Washington Irving en su famoso Cuentos de la Alhambra, estaba habitada por andrajosas y abigarradas familias. Una de ellas era la de Mateo Jiménez hijo de un tejedor de cintas y nieto de un sastre cuya vida se había desarrollado en los límites de la Alhambra. Sin embargo, su situación económica, viviendo en tan rico lugar en el pasado, no tenía nada que ver con ello: la pobreza los rodeaba a él y a su familia. En los relatos de viajes aparece trabajando como cicerone, a pesar de no tener verdaderos conocimientos de lo que decía.

 

En muchos viajes vamos solos, sin ningún apoyo, dando pasos en función de un instinto desconocido: sin pensarlo giramos a la derecha, entramos en un restaurante, avanzamos por una calle sinuosa o decidimos entablar conversación con los lugareños. En otros viajes contamos con los cicerones, personas que nos llevan de un lugar a otro destacando curiosidades y proporcionando recomendaciones; una inestimable ayuda que, sin embargo, impide al viajero desarrollar, precisamente, su instinto viajero. Destacan los cicerones más profesionales, los guías turísticos, aquellos de camisa llamativa, acreditación, micrófono y banderita o paraguas señalizadores, que guían al grupo como el perro pastor a sus ovejas. Existen los  ocasionales, acompañantes más bien, aquel amigo o recién conocido en el lugar que se ofrece para enseñar la ciudad desde una perspectiva distinta al guía ya que además de destacar lo monumental, llama la atención sobre lo cotidiano. Pero también están los más espabilados, en el sentido irónico de la palabra, los oportunistas y embaucadores que se aprovechan de la ignorancia de los viajeros para ganarse un dinero, inventando datos y nombres sin que nadie, por desconocimiento, pueda rebatirlos.

 

Estos últimos, los “guías turísticos” con mucha cara, han existido a lo largo de la historia. Henry Swinburne en Travels through Spain, publicado en 1779, ya escribió lo escasos y deficientes que eran los cicerones en España “aquellos que conozcas son generalmente zapateros que ocultan su ropa harapienta con una capa marrón y que te llevan a una o dos iglesias donde no pueden si quiera darte información satisfactoria sobre sus antigüedades o curiosidades”. En la Alhambra de Granada la literatura de viajes ha destacado el nombre del cicerone Mateo Jiménez.

 

El estadounidense Washington Irving lo presenta a su llegada a la Alhambra: “un alto y flacucho ganapán, con una mugrienta capa de color castaño, que tenía por objeto, sin duda, el ocultar el andrajoso estado de su traje interior, se hallaba holgazaneando al sol y charlando con un viejo veterano que estaba de centinela. Se nos agregó él tal cuando hubimos pasado la puerta, y nos ofreció sus servicios para enseñarnos la fortaleza”. Aunque Irving detestaba esos “oficiosos cicerones” y no le agradaba su aspecto, entabló conversación con él y cuando Jiménez le dijo que conocía el sitio mejor que ninguno pues era “hijo de la Alhambra” Irving se sorprendió ante esa expresión y tras algunas preguntas acabó aceptando su servicio.

 

Pero Mateo Jiménez no tenía formación, tan solo era un “charlatán” espabilado. Aún así, “este infatigable y pertinaz individuo” –escribió Irving-  “se pegó a mí, no sé de qué modo, desde que lo encontré por vez primera en la puerta exterior de la fortaleza; y de tal manera se entrometía en todos mis proyectos, que al fin consiguió acomodarse y contratarse conmigo de criado, cicerone, guía, guardián, escudero e historiógrafo, viéndome, por lo tanto, precisado a mejorarle de equipo, para que no me sonrojase en el ejercicio de sus variadas funciones”.

 

Patio de los Leones. ©María Sánchez Mellado
Patio de los Leones. ©María Sánchez Mellado

En su trabajo de cicerone, Mateo Jiménez destacaba los aspectos supersticiosos de la Alhambra. Por ejemplo, decía que una mano y una llave, símbolos islámicos que se encuentran en la Puerta de la Justicia, eran elementos mágicos que protegían la Alhambra, que había sido construida por un rey vendido al diablo, hasta que la mano cogiese la llave lo que ocasionaría el derrumbe de la misma y el descubrimiento de los tesoros escondidos. También relataba los murmullos que se escuchaban algunas noches en el Patio de los Leones provenientes de antiguos asesinados que clamaban venganza. Sin duda relatos más novelescos que reales, aprendidos de su abuelo, que había vivido dentro de la Alhambra igual que lo hacía ahora su familia, que contribuyeron a los famosos Cuentos de Irving publicado en 1832.

 

Entonces la persona de Mateo Jiménez se convirtió en personaje, en un héroe de cuento, y su nombre, difundido en el libro de Irving, superó barreras y fronteras haciéndose famoso. Así lo explicó el inglés Geroge Dennis cuando, pocos años después, publicó A Summer in Andalucia (1839). En este libro de viajes a su paso por Granada volvía a encontrarse con el hijo de la Alhambra que, con “semblante de buen humor” y esta vez bien vestido, se pasó por sus aposentos para ofrecerle sus servicios como “guía de viajeros”. A pesar de que Mateo le ofreció varios testimonios a su favor para que le contratara, no hizo falta: para Dennis su nombre ya era recomendación suficiente pues había leído la obra de Irving. John Esaias Warren, por su parte, cuenta en su libro (Vagamundo: Or, the Attache in Spain) que al llegar a Granada en el año 1850 su intención era la de haber contratado como cicerone al famoso Mateo Jiménez, pero el ofrecimiento anterior de un tal Bensaken le satisfizo y no se preocupó de buscar a Jiménez.

 

Pero el legado de Mateo Jiménez no se quedó ahí.  El poeta americano Bayard Taylor también pasó por Granada y cuenta en su libro que un “chico” trabajó para él como guía. Su nombre: Mateo Jiménez. No el Mateo encumbrado por Irving –quien aún vivía, pero era demasiado mayor para poder trabajar salvo en ocasiones excepcionales–, sino su hijo, Mateo, el hijo del hijo de la Alhambra, con quien recorrió las zonas más destacadas de Granada.

 

Mateo Jiménez hijo también acechó a William George Clark quien relata en Gazpacho: or, Summer months in Spain (1850) como en su llegada a Granada un joven llamado Mateo Jiménez le ofrecía su servicio. Clark aceptó a este “oficioso” guía que le enseñó la Alhambra y del que descubrió que confundía “fechas y hechos, naciones y personajes”. El papel de Mateo Jiménez decepcionó a Clark, lo que inevitablemente influyó en la visión que tuvo de la antigua ciudad andalusí: “Mi primera visita a la Alhambra apenas me produjo placer. Desfiguradas mis reflexiones por el continuo parloteo de mi guía, sentí que no estaba viendo, sino “haciendo” la Alhambra. Incluso el encanto de la novedad se había perdido, ya que había visto los grabados de Owen Jones. Ellos son más que una representación, son el lugar mismo proyectado sobre un plano”.

 

Para saber más:

 

Luis Méndez Rodríguez, “Patrimonio y turismo. Del cicerone a la profesión de guía turístico (1830-1929)Laboratorio de arte. Nº 22 (2010), pp. 371-386.

 

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