OPINIÓN: Lisboa en palabras de Saramago

Típico patio lisboeta. © Ana Blanco
Típico patio lisboeta. © Ana Blanco

Por Ana Blanco

 

La ciudad está situada en la parte más occidental de toda la Unión Europea, es una de los lugares con mayor encanto y donde aún habitan aquellos bohemios que un día decidieron vivir del arte. Es precisamente aquello que muchos critican, donde se encuentra el verdadero encanto de la ciudad; la ciudad de Saramago.

Su aspecto decadente, con edificios de pocas plantas, dibujan una ciudad con los distintos colores que la componen. Manchando sus cielos con los cables que conducen los tranvías por toda la ciudad y todo un símbolo de la capital portuguesa. Sus calles estrechas guardan pequeños bares y pequeñas viviendas donde los niños salen a la calle a jugar con los vecinos. Incluso esconden aquel patio lisboeta adornado con plantas y ropa tendida.

 

En sus paredes podemos encontrar los restos de las catástrofes que sufrió la ciudad. Y es que, en 1755 tuvo lugar un terremoto que desencadenó luego en un maremoto, llegando incluso a superar olas de hasta 12,5 m, que se llevó por delante más de 9.000 edificios y más de 60.000 vidas. También provocó innumerables incendios que devastaron la ciudad, y hoy día, a pesar de sus reconstrucciones, quedan aún patentes las sobras de lo sucedido. 

 

Pero no sólo nos topamos con los restos de un terremoto que destruyó dos tercios de la ciudad. Muchas fachadas muestran todavía la voz del pueblo. Los grafitis inundan la ciudad. Aquellos que apostaban por una Portugal libre; que rechazaban la vieja Dictadura. 

 

Portugal vivió la dictadura durante más de cuarenta años bajo el mandato de Salazar. En 1928, cuando las finanzas del país estaban hechas añicos, se le ofreció el puesto de Ministro de Finanzas a cambio de hacerse con el control total sobre el gasto público. Esto le permitió tomar las riendas de casi todas las áreas de la vida portuguesa. La autoridad del Estado Novo se puso en práctica con métodos similares, aunque quizás menos brutales, a los de Franco o Mussolini. La censura y el control de la educación eran totales, la policía secreta y los confidentes abundaban. Su régimen de represión continuaría hasta 1974 y la posterior Revolución de los Claveles

 

Y así se vuelve a repetir la misma historia. De la voz del pueblo surgen aquellos “héroes” con la capacidad especial de expresar su desacuerdo con el régimen. Lo hacen a través de sus obras. Muchas de ellas serían alabadas, y otras muchas censuradas por la autoridad. Uno de los escritores de mayor relevancia en el país vecino es el ya conocido, premio Nobel de Literatura en 1998, José Saramago. El autor, quién daba importancia y de dónde alimentó sus influencias en Ricardo Reis y Pessoa acabó peleándose con su país en 1992 cuando el gobierno portugués vetó El Evangelio según Jesucristo –muy crítico con la Iglesia- para que no pudiera presentarse a un premio de literatura europeo.

 

Un escritor que muchos describen como un rebelde en su país. Se atrevía con todos y cada uno de los temas que pueden componer una ciudad, desde la sociedad, la política, incluso pasando por la religión. Era comunista, seguía creyendo y defendiendo que los problemas del mundo se arreglan con una distribución más equitativa de la renta. En cuanto a la religión, también tenía palabras para ella, en lo que afirmaba “No soy creyente, pero es que ni entiendo cómo alguien puede creer en Dios. Es muy difícil, con los avances científicos actuales. Cuando llegue mi hora, entraré en la nada, me disolveré en átomos, y ya está, como hizo mi perro hace dos meses. Hasta el día en que se termine todo: la Tierra, la galaxia, el Sistema Solar. Eso ocurrirá, y no habrá Dios que nos venga a proteger diciendo: ¿Dónde están esos seres que he creado con tanto amor?”.

 

Como a todos, a José Saramago le llegó su fin, el día 18 de este mes, hace ya cuatro años. El escritor falleció en su casa de Lanzarote, pero no sin antes marcar en la vida de sus patriotas. El día que fallecía los ciudadanos portugueses inundaron sus calles con el libro del escritor en sus manos a modo de homenaje. También lo hicieron con un grito necesario, para hacer consciente de sus pasos a todos aquellos que no prestaron atención y prefirieron ser ignorantes. Una sociedad que tiene ansia de cambios en su país. Tienen sed de evolución, de desarrollo.

 

Saramago consiguió reconciliarse con Portugal, igual un poco tarde, pero el escritor supo dejar sus huellas en aquellos que quisieron escucharle. Puso sus pensamientos en conocimiento de una sociedad que para él estaba anclada en el pasado. En la actualidad, el país al occidente de Europa pide ayuda, una cooperación necesaria para su desarrollo a nivel de ciudad europea. Pero sin olvidar su esencia. Sin dejar atrás sus costumbres y la excelencia de ciudad Bohemia, buscada por los artistas europeos para retratarla.

 

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