OPINIÓN: La Gran Manzana y el 'sueño americano' ¿realidad o ficción?

Por Noemí Morejón

 

Para comenzar a hablar de Nueva York hay que dejar reposar los sentimientos apoteósicos que se viven cuando se visita y hacer análisis de la experiencia de manera concienzuda. Quizás pasen días, meses o años, el tiempo suficiente para desenredar las hipótesis que esta ciudad plantea y llegar a una conclusión que resuma, en pocas palabras, la impresión final. Hoy puede ser que lo haya conseguido.


Fue un siete de marzo cuando mi avión despegó de Barajas para aterrizar en un JFK alborotado y enorme, un trastorno para todo aquel que esté acostumbrado a un aeropuerto como el de Sevilla, tranquilo y sosegado. Ya desde el primer momento sentí que si algo encierra Nueva York es que cualquier situación allí se vive a lo grande. Y cuando pasaron los días me di cuenta que, en ocasiones, la primera impresión es la cierta.


            La Gran Manzana se nos presenta como la panacea, una realidad a veces parcial, pero que en su mayoría se corresponde con la realidad. Allí las oportunidades están multiplicadas por mil y eso se aprecia en sus calles. Para descubrir Nueva York no basta con visitar el Empire State o la Estatua de la Libertad, para conocerla de verdad hay que sentirla y palparla a cien kilómetros por hora.


            Pero en la Gran Manzana no todo lo que reluce es oro, aunque sí que lo sea en apariencia. Su particular consumismo, expandido por los cinco continentes, engancha al viajero con un halo de necesidad que se manifiesta por querer comprar todo aquello que te encuentres por el camino. Y es que Nueva York está hecha para eso, para gastar.


            Ya en los años 70 la Oficina de Convenciones y Turismo de Nueva York realizó una campaña publicitaria sobre la Gran Manzana para atraer a los turistas potenciales y ganar en popularidad. Pero esta historia ya viene de atrás, como todas. En los años 20 el cronista deportivo John J. Fitz Gerald escuchó en el hipódromo de Nueva Orleáns este término para referirse al hipódromo de Nueva York y fue entonces cuando Fitz Gerald llamó a su columna hípica ‘Sobre la Gran Manzana’. A partir de aquí comienza el mito; y no es mi objetivo desmontarlo.

 

            Sus aceras huelen a comida, a perritos calientes, pretzels y donuts; sus edificios son espectaculares a simple vista; sus luces narcotizantes y su gente fantástica, de todos los colores y de todas las religiones. Y aunque esto parezca acogerse a un pluralismo social, escarbando bien, no es más que pura ilusión democrática, aunque para el que viaja y quiere aprovecharse de la estancia estos asuntos no vengan al caso. Si buscas disfrutar de un buen musical, de un partido de béisbol o baloncesto, de una grabación cinematográfica o de un simple coffe con un escenario bonito, Nueva York te lo da.

 

            Aún así lo más importante de La Gran Manzana, y en concreto de la isla de Manhattan, es que no aburre a nadie, siempre te ofrece nuevas oportunidades; y es esto lo que mantiene vivo al viajero o al que persigue con ilusión el llamado ‘sueño americano’. No podré criticarlo, porque  es cierto que lo  perseguiría si tuviera algunas pelas de más y, además, lo haría sin remordimientos.

 

Podrá parecer pura utopía para algunos o esperanzas frustradas para muchos, pero yo me quedo con lo que vi y sentí, y sé que aunque sea complicado algunos de los que fuimos a aquel viaje  intentaremos ese sueño y quizás compremos solamente un billete de ida.

 

 

 

 

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Ana de León (viernes, 15 julio 2011 10:03)

    Estupendo Noemí, se me encoge el estómago recordando todo lo que vivimos. Creo que estás en lo cierto, algún día volveremos, para quedarnos.

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