OPINIÓN: Viajar para aprender, aprender viajando

Por Mariano Belenguer

 

Nuestros antepasados prehistóricos fueron viajeros por necesidad; nómadas, que debían trasladarse de un lugar a otro persiguiendo a los animales de caza y recolectando lo que la tierra les ofrecía. Pero éste no fue el único motivo de sus viajes; la curiosidad –cualidad innata en el ser humano- les llevó a atravesar cordilleras, trazar caminos y cruzar continentes.

 

A partir del neolítico, con el descubrimiento del ciclo de la siembra y la cosecha y la domesticación de determinadas especies animales, algunos seres humanos comenzaron a volverse sedentarios. Paralelamente surgiría el concepto de la propiedad, el trazado de fronteras y la configuración de sociedades complejas. Pero aun así el espíritu nómada no desapareció, ni posiblemente desaparezca nunca, de nuestro más profundo inconsciente. A pesar de los muchos anclajes sedentarios, en el fondo del sufrido ciudadano occidental con frecuencia hierve el espíritu de fuga. Un sentimiento más o menos oculto o sublimado bajo formas culturales que permiten otras fórmulas de huida.

Estas inquietudes nómadas las conoce muy bien la industria del ocio turístico que con su sutil o burda publicidad ofrece falsos “paraísos exóticos jamás visitados” o “lugares de ensueño recónditos y solitarios” con guía incluido y a módicos precios. A estos lugares suelen llegar autobuses cargados de 30, 40 o 50 personas con bolsas de bocadillos en mano, pegatina de la agencia en el chaleco y sombrero Indiana Jones. Ayudados por el guía recrearán en grupo el sueño del nómada viajero, durante una semana o 10 días (según paquete turístico). Y con mayor o menor escepticismo creerán y sentirán haber rozado el espíritu de la aventura. Fotos y anecdotario serán expuestos convenientemente a familiares y amigos a la vuelta.

Por desgracia, y salvo excepciones, en este tipo de viajes apenas se aprende nada de los lugares visitados (uno de los objetivos fundamentales por los que viajaron nuestros antepasados). Tal vez por ese motivo, entre otros muchos, los acomodados turistas occidentales se han visto tan sorprendidos por las revoluciones acontecidas entre nuestros vecinos norteafricanos que han sufrido durante décadas las miserias de regímenes totalitarios. Ya se sabe, en un viaje de 10 días no queda tiempo para pararse a hablar con las gentes del lugar. Hay tantos monumentos que fotografíar…

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